Me gusta jugar al póquer con mis amigos en las tardes del sábado, ver cómo se besan los adolescentes entre los capós de los coches bajo el clamor de las ambulancias y las sirenas de la policía. El arroz al horno, los mercados de frutas y verduras el contacto de la piel con la tela de algodón, las primeras brevas de San Juan, los cuentos de Allan Poe, las canciones de Nat King Cole, la sobrasada de Mallorca, algunos versos de Safo y el prólogo al Persiles de Cervantes.Me gusta perder el tiempo hablando con los amigos apartar el pie para no pisar una hormiga, los erizos de mar en enero y el Autorretrato de Durero en cualquier época del año.
No me gustan las manos blandas y húmedas, las pastelerías con luz de neón, los granos de arroz dentro del salero, el helado servido en una copa de metal los coches con alerones , los gritos del megáfono en las tómbolas donde se rifan muñecos de peluche, los que soplan en la cuchara de la sopa, las cunetas llenas de papeles y botellas las vitrinas polvorientas de los bares de carretera que exhiben productos típicos de la región, los tipos que te hablan muy cerca de la cara echándote un aliento fétido.
Odio los zapatos de rejilla, los besos en la mejilla demasiado húmedos los huesos de aceituna sobre el mantel y el chándal para dar la vuelta a la manzana los domingos
